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  • Jasette Bernal

Todos entramos al cielo... reflexión sobre la vida.



Durante veinte años recibí una llamada, sin importar dónde estuviera, ella llamaba siempre el día de mi cumpleaños...este año no será así.

Cuando llega la muerte de un ser querido todos reflexionamos acerca de su vida...acerca de la nuestra.

Escuchamos, y repetimos y nos tatuamos en la lengua la frase "hay que vivir la vida como si fuera tu último día", y ¿cómo diablos se hace eso?

¿Cómo vives la vida todos los días pensando que ese será el último?

Mi amiga murió de cáncer y apuesto que pasó el último año viviendo cada día como si fuera el último hasta que lo fue.

En un funeral se platican un sinfín de anécdotas, generalmente todas buenas, salen a relucir las cualidades que nos harán extrañar a esa persona que de pronto en nuestra mente se vuelve la mejor. Digo, raramente se hablan cosas negativas.


Ella vivió cada uno de sus "último día" no como todos pensamos, con la trillada inspiración de vivir con pasión, viviendo tus sueños y gritándole amor al mundo. No, ella vivió su último día, cada día, luchando por despertar de nuevo, arrancando 24 horas más.


Según la religión o creencias de la familia, se llevan a cabo una serie de rituales para despedirse, para llorar, para honrar y para poner los pies en la tierra...esa persona ya no está. Traemos al presente las memorias y "te acuerdas de...", un sentimiento de vacío se estaciona en nuestro ser, aunque en años no hubiéramos visto al recién partido, la noción de que no volveremos a tener un recuerdo con él, duele.


Y así, nos han enseñado que trascender es colgar los tenis, chupar faros, irse de este plano, pasar al más allá.


Ella trascendió.


Mas trascender no significa pasar al otro lado, trascender es la huella que dejamos en la vida de otras personas, a veces marcada con firmeza, a veces diluida en miles de pedazos, algunas veces repartida por el mundo o de forma anónima...toda existencia deja huella en la vida de otros.


A veces en el año sólo hablábamos en dos ocasiones, en su cumpleaños y en el mío, sin reclamos ni enojos. De alguna manera, de verdad no sé cómo, siempre estuvimos al día: novios, boda, negocio, bautizo, cambio de casa, etc. Fue suficiente para tener una amistad incondicional, ella trascendió en mí construyendo juntas el valor de la amistad.


Alguna vez en una misa póstuma escuché al sacerdote decir "ojalá sus acciones hayan sido lo suficientemente buenas para abrirle las puertas del cielo". Yo creo que todos entramos al cielo, unos en brazos y otros a patadas pero todos entramos.

Piénsalo! Vives en promedio 75 años, independientemente de que creas en la reencarnación o no, ¿crees que 75 años son suficientes para lo que tu alma debe aprender? Seguramente si crees que existe un alma, crees que su origen es divino y si la divinidad es infinita, el alma también lo es. ¿Cuanto son 75 años en el infinito? Nada.

¿Por qué una sola existencia habría de condenarte desde tu último día al infinito? Esto de ninguna manera significa que andes por la vida haciendo malvadeces y portándote del carajo. El crecimiento conlleva responsabilidad y consecuencia, karma. Ser conscientes de esto, de que todos entramos al cielo sin excepción porque todos tenemos un alma y todos tenemos un origen divino tal vez nos ayude a hacerle honor a ese origen y a ese privilegio.

Creo que nos han enseñado a vivir con el miedo de no merecer el cielo y una de dos o te resignas a no entrar y te dedicas a crear pesadillas o vives sin crear nada por miedo a perderlo. Si reconocemos este privilegio, este derecho y deber divino y vivimos en esa consciencia, tal vez podamos dedicarnos a trascender en la vida de otros de una manera positiva.


Cuando cobras consciencia de tu existencia y del impacto que tienes en otros seres y para el universo mismo; cuando entiendes que eres divino y eterno, tienes la posibilidad de llevar un camino de aprendizaje disfrutable, positivo y en esta existencia vivir el cielo en la tierra, para que cuando te toque partir, te despidas con los ojos llenos de paisajes hermosos, con una consciencia sin deudas, un corazón lleno de anécdotas y si alguien intenta cuestionar tu entrada al cielo, tu puedas responder que ya estuviste ahí.


No la escuché quejarse de su vida una sola vez, no conocí una situación que le quitará la sonrisa o su sencillez, cada llamada llena de risas y hoy desde hace dos meses yo sólo quiero una charla más.


El cielo abrirá los brazos para tu regreso, confía en ello.




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